La industria televisiva norteamericana tiene marcada en rojo la madrugada del 12 al 13 de septiembre. El Microsoft Theater de Los Ángeles se vestirá de gala para acoger la 74ª edición de los premios Emmy, una ceremonia que recupera la normalidad con público en directo y maestro de ceremonias. Entre las grandes contendientes que parten como favoritas destaca Ted Lasso, la comedia que se ha erigido como el auténtico buque insignia de Apple TV+ y que llega a la cita con nada menos que 20 candidaturas bajo el brazo.
Esta producción ha logrado calar hondo gracias a una premisa aparentemente sencilla pero ejecutada con maestría: un ingenuo entrenador de fútbol americano, interpretado por Jason Sudeikis, cruza el charco para probar suerte en un club de fútbol inglés. Su inexperiencia técnica choca frontalmente con el recelo de jugadores y aficionados, planteando la incógnita de si sus métodos poco ortodoxos lograrán conquistar el vestuario. El éxito de la serie, cuyas risas están aseguradas, se apoya en un reparto coral de altura encabezado por Hannah Waddingham, Brendan Hunt, Jeremy Swift, Juno Temple, Brett Goldstein, Phil Dunster, Nick Mohammed y Sarah Niles.
El dilema del consumo en la era del ‘streaming’
Sin embargo, ante la avalancha de estrenos de calidad como Ted Lasso y la inmensa oferta de las plataformas, ha surgido un perfil de espectador que desafía las normas tradicionales del visionado: aquel que prefiere conocer el final antes de empezar. En un entorno saturado de opciones, donde la recompensa narrativa no siempre está garantizada, figuras como el columnista Jason Okundaye defienden abiertamente la práctica de “auto-destriparse” las tramas. Para este tipo de audiencia, leer la sinopsis completa en Wikipedia o incluso ver los cinco minutos finales de una temporada —como ocurrió con la última entrega de Top Boy en Netflix— no es un acto de sacrilegio, sino una herramienta de gestión del tiempo y la ansiedad.
Aunque esta costumbre suele provocar indignación en redes sociales, donde se tacha a quienes la practican de impacientes o filisteos, existe un argumento de peso detrás: el alivio de la incertidumbre. Saber quién muere o quién es el asesino permite eliminar la tensión del “qué pasará” para centrarse en el “cómo sucede”. De hecho, el conocimiento previo puede añadir una capa de disfrute distinta, permitiendo al espectador ir un paso por delante de los personajes y apreciar mejor los matices del guion y las pistas que anticipan el desenlace.
La tragedia griega y la revalorización del clásico
Esta forma de consumo no es tan moderna ni tan descabellada como parece. Ya en la Antigua Grecia, el público acudía al teatro conociendo el destino de los protagonistas. En Edipo Rey de Sófocles, la profecía de que Edipo matará a su padre y se casará con su madre es conocida desde el inicio; el verdadero entretenimiento residía en observar cómo el héroe, en su ignorancia, se precipitaba inevitablemente hacia su fatal destino. Del mismo modo, en el cine moderno, conocer el final de cintas como Cruel Intentions no disminuye el placer de su visionado. Ver caer a la villana Kathryn Merteuil, interpretada por Sarah Michelle Gellar, resulta incluso más exquisito cuando se conoce de antemano la humillación que le espera tras sus crueldades.
Si una obra resiste un segundo visionado sin perder su encanto, es señal inequívoca de que su valor reside en la escritura y no en el mero giro de guion. No obstante, los defensores del spoiler trazan una línea roja ética: la información es para consumo propio, nunca para arruinar la experiencia ajena en redes sociales, una práctica que sí se considera egoísta. Además, se mantiene cierto respeto por la experiencia en salas de cine, donde la santidad de la pantalla grande invita a dejarse llevar. Es en el consumo doméstico, a través del móvil o el ordenador, donde la tentación de buscar en Google si Leonardo DiCaprio sobrevive al final de Titanic se convierte en una parte más de nuestros nuevos hábitos digitales.